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| Friedrich - Monje a la orilla del mar |
He recibido esta crónica de las tribulaciones de un profesor que conozco y que todavía ama su profesión. Corren malos tiempos para la lírica...
Empieza la mañana con un control de lectura en 1º de ESO. Tras conseguir sentar a los muchachos (faena que puede tomar entre cinco y ocho minutos), y también que guarden el libro de lectura, se reparte el examen. A levanta la mano para una aclaración sobre la primera pregunta. Tras la respuesta del profesor contesta en voz alta –inevitablemente, para todos los presentes- a la pregunta. El profesor – que soy yo- le invita a abandonar la clase, aunque puede llevarse el examen y terminarlo en el puesto de guardia. El alumno abandona el examen sobre su mesa y se marcha dando un portazo. Más tarde volverá con la directora, a quien le ha referido solo parte de lo ocurrido (no lo relacionado con el portazo) a recoger su examen para completarlo a solas.
Como el control es
breve, algunos alumnos terminan a mitad de la clase. Les indico
ejercicios que pueden hacer. Casi ninguno lleva el libro de la
materia (“como había control”). Les insto a que saquen material
de otra materia, pero prefieren hablar con los compañeros. Recuerdo
que estamos en un examen (les resulta muy difícil entender que en un
examen hay que guardar silencio). Al rato veo que B, que ha
terminado, está girada hablando con C, que todavía está haciendo
el examen, y va todavía por la segunda pregunta. Se lo retiro. No
protesta.






