martes, 19 de marzo de 2013

Buenos y malos




Albert Camus

Se me ocurrió el otro día que hay muchas dificultades para encontrar gente buena incluso  en la ficción. El matrimonio protagonista de Las nieves del Kilimanjaro es un ejemplo de gente buena, y por eso me gustó la película, porque estoy harta de personajes retorcidos y bandarras. Toda la literatura está plagada de gente que anda por malos caminos. Para encontrar personajes honestos y buenazos hay que mirar con lupa. Supongo que el problema tiene que ver con el hecho de que el bien y el mal están en nosotros, que todos somos capaces de mucho en ambos sentidos. Y un escritor crea sus personajes como reflejos de sí mismo.
No hay muchos modelos ejemplarizantes (para eso ya están las fábulas y los animalitos). Y cuando tropezamos con un personaje plagado de virtudes, sumamente ejemplar y tal, se le toma por idiota, por loco o por cualquier otro desvío.
Dostoievski creó al príncipe Mishkin, bueno hasta la médula y el título del libro fue El príncipe idiota o El idiota. Mishkin es un ingenuo, parece que tan bueno y tan tonto.
Voltaire escribió Cándido o el optimismo. Otro que tal. Como dice su tutor, todo sucede para bien, o también que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Cándido cree que el mundo es una especie de paraíso. Sin embargo su vida se ve envuelta en toda clase de desastres (incluido el terremoto de Lisboa, al que el mismo Voltaire le dedicó un famoso poema), Voltaire lo describe como una víctima del destino. Acaba sus días en Constantinopla pensando que lo mejor es cultivar el propio jardín.
¿Y qué decir de la mejor obra de la literatura española, tal vez de la literatura universal? ¿Qué decir de Alonso Quijano, el caballero de la triste figura, nuestro Quijote? Sin necesidad de compartir la opinión, Nietzsche tachó de cruel a Cervantes por hacer pasar a Don Quijote por tanta burla y hacerle recuperar la lucidez a punto de morir.
A pesar de tanta dificultad de que los buenos sean buenos y no tontos, tengo mis héroes. Son algunos de los personajes de La peste, de Albert Camus. Sin ir más lejos, el doctor Rieux, ese santo laico como alguien lo definió. Ese médico que lucha contra el mal más allá de lo que su profesión le exige. O Tarrou que ayuda a Rieux en su lucha. O Rambert, que cree que la cosa no va con él, que está de paso, pero decide al fin quedarse y ayudar. Estos sí son héroes que en ningún momento pueden calificarse de tontorrones. Estos sí son mis héroes. Y conste que los que he citado anteriormente, también. Que sí, que adoro a Mishkin desde mi más tierna adolescencia.

Georges Brassens - La mauvaise réputation


No hay comentarios:

Publicar un comentario